jueves, 14 de julio de 2011

Ganas

Con ganas de insultar. Con ganas de agredir verbalmente. Con ganas de lanzarle a alguien un "ese no es tu peo", "mámate un güevo" o "métetelo por el culo". A un año de estar en España no me sale natural aún eso de cagarme en la madre de nadie. Con ganas de blasfemar y de leer a Bukowski.
Hace no tanto tiempo, no entraban en mi vocabulario las groserías, los tacos. Mis insultos más fuertes eran "idiota" o "estúpido", expresiones que ahora me resultan insípidas. En días como hoy, me doy cuenta de que esas nuevas incorporaciones representan, de hecho no representan, sino que son parcelas de libertad de esas que se ganan y luego no se entregan.
Con ganas de hacer poco más que fumar, ofender y, entretanto, comer. Con ganas sobretodo de cogerme a alguien y luego irme dar un paseo para escapar de cierto asco.
En una época, había algo nauseabundo en quedarme junto a un cuerpo con el que había estado buscando placer minutos antes. Recuerdo que inventaba excusas y me iba apenas terminaba de ponerme la ropa. Eso luego se perdió. Hoy me gustaría revivirlo.
Con ganas de escupir sobre alguien. con ganas de alegrarme de alguna miseria ajena. Con ganas de que la gente admita que también se alegra de las miserias ajenas. Hasta ahora parece que sólo los novelistas rusos lo reconocen. Es una lástima que les lleve tantas páginas llegar a algo importante.

domingo, 22 de mayo de 2011

Elena

Curiosa la manera en que conocí a esta Elena. Estábamos un grupo de estudiantes reunidos en un seminario en que alguien trataba de alguna manera el tema de "la crisis". (Para mis muchos lectores que no viven en el selecto grupo de los países desarrollados, "crisis" es un concepto que manejan estas sociedades opulentas para las épocas en que su situación material decae temporalmente. Es una versión suave y transitoria - principal diferencia - de lo que nosotros conocemos en nuestros países como "lo de siempre"). El hecho es que en algún punto de la noche, le comenté a una chica que esta Elena me parecía muy guapa. A este comentario, hecho de la manera más inofensiva e intrascendental posible, mi interlocutora tomó el objeto contundente que tenía en la mano, no recuerdo bien si una botella o un vaso de vidrio, y me lo lanzó a la cara (fallando para mi fortuna), pero derramando un líquido dulce y alcohólico en mi ropa. Acto seguido, con gran circunspección, me dijo que aquella guapa Elena era la novia de su hermano. Mientras levantaba las cejas, comprendí que esta agresiva agresora que me agredió (bonito el verbo agreder) era posesiva, celosa y un poco loca.
Sin embargo, después de haber decidido no levantar cargos ante la justicia (parcialmente porque uno de los complejos que arrastro es el de sentir que mi hombría desaparecería súbitamente si demando a una mujer por golpearme), ha ocurrido que la violenta fémina ha acabado por parecerme interesante, incluso atractiva a ratos. Esto me preocupa porque quiere decir que es posible que el masoquismo de uno de los amigos que dejé en mi país pudo haber resultado contagioso. Después de tantas burlas a sus espaldas y sobre su cabeza (muchas veces nos reímos de su situación estando el presente, pero es muy retaco), puede terminar siendo que me inoculó aquel gusto por el maltrato. Por supuesto, no alcanzo el nivel enfermizo de mi reducido amigo, quien a la hora de evaluar candidatas con quienes podría mantener una relación afectiva, consideraba entre otros apartados si la misma se encontraba bajo fármacos prescribidos para controlar sus desequilibrios mentales. Una respuesta negativa constituía la inmediata descalificación de la aspirante.
Luego de aquella noche de botellas presumiblemente rotas, ha sido poco el contacto que hemos tenido la agresora y yo. Pero resulta evidente la poca comunión que existe entre sus intereses y los míos, los pocos puntos en común de nuestras personalidades. Esto me ha llevado a reflexionar un poco sobre el carácter de las chicas/mujeres con quienes he mantenido alguna relación en el pasado y sus coincidencias con mi propio carácter.
Yo soy un tipo potencialmente neurótico, lo que seguramente aflorará más claramente cuando tenga que enfrentarme a una vida de responsabilidad y seriedad (si no logro seguir posponiéndolo indefinidamente). Y la verdad sea dicha, la mayoría de las personas con quienes he compartido han sido bastante equilibradas (para los estándares femeninos, al menos). Con alguna excepción cuando sí consideré una relación con una persona histérica, bipolar y germofóbica (quien eventualmente resultó, evidentemente, un gran partido para mi amigo), las demás han sido personas normales, aunque sin mucho en común conmigo. El desbalance psíquico más fuerte sufrido por una persona con la que me involucré "seriamente": el cuasi-vegetarianismo, fenómeno hasta ahora ignorado por la profesión psiquiátrica, pero con el cual tarde o temprano tendremos que lidiar como sociedad.
Como toda mujer, tenían más claro qué querían hacer con su vida; eran menos aficionadas al cigarro pero más al alcohol (mucho más en algunos casos); no eran militantes del desvelo innecesario y tenían gustos musicales o bien más aburridos o bien mucho más exquisitos y vanguardistas que yo; se llevaban mejor con la gente pero tenían peor sentido del humor; en varios casos demasiado cariñosas para lo que en el mediano plazo puedo soportar; mejor gusto culinario (yo no tengo ninguno). En fin, queda en evidencia que entre gustarse y tolerarse no hay mucha diferencia.
Pero la violencia es algo nuevo, y aunque la probabilidad de que algo surja con esta antisocial es bastante remota, quizás valdría la pena intentarlo para probar de qué va exactamente la movida SM.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Pensando en la Historia

Un estornudo salió disparado de un carro blanco. Era el estornudo de un hombre con traje que iba de copiloto en el carro blanco. El viento, que soplaba con fuerza, intentaba quitarle el cigarro que sostenía entre los dedos índice y medio a una mujer que, a mi izquierda, fumaba con una mano mientras con la otra sostenía la cadena con que iba amarrado un perro muy feo y despeinado por el mismo viento que empezó esta frase. Yo iba caminando cuesta abajo y pensando en la Historia (en la Historia grande, colectiva). Olvidé cruzar la calle en el semáforo que me correspondía y por eso tuve que caminar innecesariamente para llegar hasta el próximo. Una señal de desarrollo es que en mi país los ciudadanos tenemos muchos más derechos que acá. Por ejemplo, en mi país los peatones pueden cruzar calles, avenidas y, ¿por qué no?, autopistas, a cualquier altura, dibujando líneas horizontales, diagonales o en forma de escalones a lo ancho del asfalto; los conductores, por su parte, tienen derecho a pisar los pasos peatonales (que acá, erróneamente, llaman "de cebra"), a obstruirlos completamente o incluso a desobedecer a los necios semáforos. Es un país, pues, con grandes libertades en la materia del tránsito.
Cuando se piensa en la Historia caminando cuesta abajo, la aceleración nos hace creer que la Historia avanza así, imperiosamente hacia adelante, como atraída desde el futuro por una fuerza gravitacional del tiempo que desoye a los hombres. Uno se vuelve un determinista. Parece claro que los sucesos se suceden naturalmente, como riéndose de la humanidad. El materialismo es cierto y el flujo de los hechos avanza a pasos indetenibles.
Cuando uno, por el contrario, piensa en la Historia caminando cuesta arriba, se cae en el juego contrario, el del idealismo, pensando que la Historia es el producto de la infatigable lucha del hombre, de su necesidad por progresar, de su curiosidad y capacidad de crear. Parece una visión más optimista, pero no lo es tanto cuando se cae en cuenta de que esto supone cargar también con todas las grandes culpas de la Historia, porque esta es enteramente un producto humano.
Hay quienes se muestran muy frustrados con el presente, a quienes gusta idealizar los tiempos pasados en los que, al parecer, todo era más puro, "porque ni el fútbol ni las mujeres son lo que eran". Estas son personas que creen que los valores de la sociedad se han erosionado y que quizás ya no tengamos salvación. Mi opinión es que esta gente sólo ha pensado en la Historia corriendo, porque para ellos la Historia supone desgaste y, especialmente, porque está claro que corriendo no se puede pensar bien.
Hay otros que, al pensar en la Historia, y al combinarla con el presente y el futuro, caen en el mito del Hombre Nuevo. La reconstrucción completa del hombre (la mujer también necesita algún arreglo) para llevarnos (de vuelta, si son además correligionarios del grupo anterior) a un paraíso que nadie prometió. Estas ideas sólo se conciben si esta gente piensa en la Historia viéndose a un espejo y pensando, simultáneamente, qué bien se ven pensando en la Historia. Es necesaria mucha vanidad, mucha arrogancia y poca cosa adicional para volver a a parir tales ideas.
Está claro que durante el sexo, los hombres no pueden apartar su mente del sexo. Pueden fantasear sobre maneras alternativas de hacerlo, parejas alternativas y tantas otras cosas, pero en todo momento tendrá (al menos) un par de tetas en la mente. Por otro lado, según las fuentes de la cultura popular, las mujeres sí que pueden divagar durante el acto, especialmente si no lo están disfrutando como deberían. Este innecesario paréntesis era sólo para decir que imagino que las interpretaciones más lúgubres y antivaroniles sobre la Historia han de venir de las mujeres en una sesión de sexo insatisfactorio.
Tengo el presentimiento de que la gente que ha tenido las ideas más preclarar en este tema son los deportistas extremos, en pleno evento de esquí acuático enganchado a un tren (disciplina que fue fundada hoy por algún ruso desquiciado[1] y que pronto empezará a ser promocionada por Adidas). El problema está en que es bien sabido que durante estas faenas no puedes ocuparte pensando en la Historia, y quienes probablemente lo han intentado no han sobrevivido.
Finalmente, uno de los errores más peligrosos es el de quienes confunden la Historia con la historia (la individual, insignificante). Estos tienen dos derroteros: el revanchismo o el conservadurismo, males entre los cuales es difícil jerarquizar, por lo que concluyó que el peor de los dos es el más popular.
[1] ¿"Ruso desquiciado" es un pleonasmo?

viernes, 13 de mayo de 2011

Apuntes Políticamente Incorrectos

El negro llevaba la caja, obviamente pesada, mientras los otros tres, medianamente caucásicos, caminaban sin siquiera sugerir alternar la carga. Los blancos, al ver un negro, inmediatamente piensan que está allí para llevar peso. Está claro que tienen mucha más experiencia en la materia... Pensaba continuar con un contraargumento, pero la historia pesa mucho.
Pensaba que ser inmaduro implicaba ser mujero, pero no tardé en darme cuenta de mi error. Para desmentir el recíproco, sin embargo, sigo buscando el cisne negro.
Comentábamos que los chinos son todos iguales, y nos preguntábamos cómo harían para distinguirse. Yo dije haber leído alguna vez que la capacidad para distinguir los rasgos físicos de las demás no es innata sino aprendida, y que cada cual aprende a diferenciar dentro de su propia raza, ya que le es más relevante. Los chimpancés no se confunden entre ellos. Finalmente concluí que si los chimpancés pueden hacerlo, probablemente también los chinos.
Muy poca gente con dinero realmente lo es.
Sería mucho más fácil defender los derechos homosexuales si los homosexuales no insistieran en ejercerlos públicamente.

jueves, 5 de mayo de 2011

Juegos

Hay un juego en el que tomas una bandera igual que todas las demás y la agitas tal y como lo hacen todos los demás. Y te diluyes. No es muy difícil ganar. En el juego contrario, te sientas con las piernas cruzadas, bebes un café, abres un libro, te ríes con él o desdeñas de lo que dice (siempre de manera evidente), levantas la vista buscando, de soslayo, cruzarte con otra mirada en tu dirección. Y si la encuentras, te petrificas. Las victorias son menos frecuentes en este juego.
Hay gente que odia el primer juego. Típicamente son las personas que creen que lo inventaron todo y que están obsesionadas con la originalidad. Están también los que odian el segundo juego. Generalmente, encontarás allí a quienes están obsesionados con la deslealtad y la traición.
En realidad, los dos pueden ser juegos muy divertidos, con la úncia condición de no tomárselos en serio.

domingo, 21 de junio de 2009

Padam, Padam

Suena una canción que da vueltas. Si la escuchas de cerca, sin embargo, te enteras de que no da vueltas ella, sino todo lo que está a su alrededor. Un vestido rojo gira en el aire, abrazado por un traje negro. Te distraes del libro que lees y de los pensamientos que tienes. Luego, la canción se acaba, el reposo se restituye y los pensamientos recomienzan. Sólo que ahora, tras el ligero mareo, parecen más necios.

jueves, 28 de mayo de 2009

Saturday Night Fever

Acabo de terminar de ver Saturday Night Fever. La trama es la siguiente: en una existencia paralela, los hombres le dedican horas de cuidado a su cabello, dedican parte importante de su sueldo a comprar camisas vanguardistas, y usan zuecos. Esto último es importante. Resulta que el drama del embarazo precoz entre adolescentes desempleados y sin estudios pertenecientes a las clases más deprimidas de las barriadas neoyorquinas no parece una realidad tan dramática cuando la sufre un hombre que usa zuecos con plataformas de aproximadamente 20 centímetros. La desaprobación familiar, la desconexión con el entorno social y la concienciación de la supresión progresiva de los valores más básicos de convivencia, fenómenos de envergadura en la psique de un joven de 19 años, repentinamente pierden severidad cuando se ven opacadas por el galón de laca que aplica ese mismo jóven a su peinado. La frustración de la clase trabajadora, siempre en busca de ese eterno sueño escurridizo, no parece encontrar su lugar de liberación natural en la voz de los Bee Gees.
Un héroe completamente inverosímil y, quizás por eso, completamente plausible. Travolta lo hace a uno preguntarse si quizás, sólo quizás, lo que a uno acaba por faltarle en esta vida son más camisas "cuello en V". El protagonista, un don nadie al que le toca jugar el papel de divinidad profana en su círculo discotequero, llega a hastiarse tanto de la adulación como de la indiferencia, ¿dos caras de una misma moneda? Todo esto mientras no deja de mover las caderas de una manera sospechosa a los ojos de los heterosexuales más tradicionalistas. Alguna cosa queda clara: encontrar tu lugar en el mundo no es nada fácil, pero mientras lo intentes es muy probable que definas qué lugares no te corresponden. Los paralelismos entre los personajes y la realidad del espectador definitivamente existen, sólo se trata de buscarlos con esfuerzo detrás de las cadenas doradas sobredimensionadas.
Altamente recomendable. "Ah, ah, ah, ah, stayin' alive, stayin' alive"